Sistema de Salud y las Droguerías en Colombia
A pesar de la cantidad de desarrollos que han ocurrido con respecto al cubrimiento de salud, la atención de diversas dolencias y la mitigación de enfermedades que, antes, frecuentemente podrían terminar en afectaciones permanentes o, incluso, mortales para las personas que las sufran; en Colombia el sistema sigue siendo muy distante de lo que idealmente se podría entender como un cubrimiento apropiado de la salud. Recientemente, he sufrido lo que normalmente se llama una enfermedad viral respiratoria estacional.
Hace mucho tiempo
no había tenido una gripa, como normalmente se le conoce a este cuadro de
síntomas en Colombia, tan fuerte como la que tuve hace poco. Normalmente, la
gripa se compone de síntomas respiratorios, como tos, mocos, dolor de garganta,
dificultad para respirar y otros más relacionados con la infección, como
fiebre, dolor de cabeza, dolor articular y muscular. Todo lo anterior sentí
durante estos cuatro o cinco días que sufrí dicha enfermedad.
No solamente el
cuadro de síntomas se conoce como gripa, sino que esta afectación tiene
asociada una cantidad de remedios tradicionales: naranja, con miel y Halls, un
dulce mentolado popular en Colombia; o gelatina de pata, un tipo de postre a
base de colágeno que se obtiene de las articulaciones de la vaca, con leche
caliente y también un Halls; incluso, aguapanela, que es una bebida caliente a
base de caña de azúcar, con jengibre, miel y limón. Todo lo anterior se prepara
con el fin de aliviar, evidentemente, los síntomas asociados a esta afección. Nada
de ello fue de ayuda en esta situación.
En vista de la
persistencia de los síntomas por tanto tiempo, tomé la decisión de acercarme a
un hospital con el fin de que pudieran recomendarme alguna acción a tomar para
tener algo de alivio con respecto a lo que me estaba pasando. En Colombia, al
menos, aunque considero que debe ser un proceso estandarizado de cualquier sala
de urgencias en el mundo, existe un protocolo llamado triage. A través
de él, se evalúa la gravedad de la situación del paciente que llega y se establece
el proceso a seguir a continuación, dependiendo, por supuesto, de las determinaciones
subsecuentes al triage. Dado que este momento del año las enfermedades
respiratorias son particularmente características, la médico que me observó
llegó a la conclusión que no debía ser ingresado al hospital y recibir atención,
sino que debía proceder a través de lo que se conoce en Colombia como una cita
prioritaria.
Este tipo de cita
es una a través de la cual uno puede acceder a la revisión de su condición
dentro de un corto período de tiempo, puesto que la asignación de dicha cita es
extemporánea. Es decir, no corresponde a los tiempos de asignación comunes que
tienen las IPS (Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud), sino que se
aprovechan algunos espacios predestinados dentro de las agendas de los médicos
en turno, o la ausencia de alguna persona que ya previamente había agendado una
cita, para acceder a la consulta con el médico de manera más pronta. Esto tiene
ventajas y desventajas. Por un lado, el hecho de poder acceder en la IPS a la
evaluación de su situación le permite no verse enfrentado a los tiempos y
condiciones del servicio que se presta en hospitales de mayor complejidad,
donde, frecuentemente, se está más expuesto a tiempos de espera más largos,
condiciones más incómodas durante dicho tiempo y afectaciones a la salud como
infecciones o contagios de otras afectaciones de los otros pacientes. Pero
también, por otro lado, las IPS pueden tener una agenda limitada de citas
prioritarias y una vez esta cuota sea llenada, las personas que queden por
fuera de ella deberán ceñirse a la obligación de buscar un nuevo momento para
acercarse al centro de salud, seguramente al día siguiente, para mirar si es
posible acceder a dicha cita.
Mientras tanto la
persona deberá continuar lidiando con su afectación. Esto último me ocurrió a
mí, con una agravante adicional. La persona que me atendió en esta IPS me
refirió que ya todas las citas prioritarias del día habían sido copadas, pero
que si gustaba, podría esperar indefinidamente durante la tarde la posible ausencia
de una persona que hubiera agendado cita con antelación. A este lugar llegué a
eso de las 11:30 de la mañana, lo que la persona me pedía era que me quedara
durante toda la tarde, hasta las 7 de la noche, momento en el que se cierran
los servicios de atención de dicho punto, para mirar la posibilidad de incluirme
en la agenda en lugar de una persona que no asistiera o llamara a cancelar su
cita. Frente a las dolencias que tenía en dicho momento, decidí hacer esto
último.
Duré allí hasta
más o menos la 1:00 o 1:30, es decir, luego de casi dos horas de espera, cuando
la misma persona que me había recibido inicialmente me llamó, con mi turno, que
había sido asignado desde un comienzo para decirme que definitivamente no valía
la pena esperar que las agendas de citas prioritarias ya habían sido llenadas.
Frente a ello, decidí obedecer y volver a casa. Antes, no obstante, la persona con
quien me comunicaba en aquel momento solicitó mi información personal: nombre
completo y número de cédula. Luego de suministrar estos datos, ella llegó a la
conclusión que hubiera podido estar esperando durante toda la tarde y el día
siguiente desde la primera hora, pero no hubieran podido atenderme: mi información
de afiliación se encontraba relacionada a una IPS de la misma empresa, pero en
la ciudad de Montería. Una ciudad con la cual no tengo, ni he tenido ningún tipo
de relación. Sumado al malestar que ya de por sí tenía en dicho momento a causa
de los síntomas propios de la gripa, sentí que otro peso caía sobre mí con la
información que la persona en aquel momento me dio. Solamente pensar en los
trámites administrativos y el tiempo, sobre todo el tiempo, necesarios para
cambiar esta confusión me agotaba.
En definitiva,
decidí tomar la última opción, una última opción que antes de incluso dirigirme
al hospital e ingresar por el servicio de urgencias había sido la primera: ir a
la farmacia o droguería del barrio y exponer mi situación al farmaceuta. Las
farmacias en Colombia son lugares donde uno puede acceder a medicinas tanto bajo
prescripción médica, como medicamentos de venta libre. En Colombia es común que
las personas se dirijan a los farmaceutas antes que a los servicios de salud
cuando ellas tienen alguna afectación a su salud. Hay farmacias, incluso, que
cuentan con servicios de inyectología, lo que significa que la persona que
atiende la droguería suministra drogas intramuscularmente.
El Gobierno de
Colombia, a través del Ministerio de Salud, tiene campañas mediáticas que
buscan disminuir la cantidad de casos de automedicación. Pero considero que es
importante ver cuál puede ser la causa de la automedicación y razón del colombiano
promedio para preferir la asistencia, con conocimiento o no, que puede suministrar
el farmaceuta o la persona que atiende la droguería, que la que le pueda
suministrar un profesional en salud a través de un servicio de urgencias o una consulta
prioritaria. En mi caso, habiendo tenido que sufrir durante cuatro días los
síntomas de una gripa y habiendo perdido este tiempo, junto con el que dediqué
a acercarme hasta el punto de urgencias y de ahí al puesto de salud, recibí más
alivio gracias a las recomendaciones o la medicación ofrecida por el regente de
farmacia de la droguería del barrio que las instituciones supuestamente puestas
al servicio de mi salud. La persona de la farmacia me vendió dos pastas y me comunicó
las maneras en que debía tomarlas, el tiempo entre tomas y lo que haría cada
una de ellas. Este remedio, no medicado por un profesional de la salud, fue
mucho más efectivo que las opciones suministradas por las empresas a las que
pago para poder recibir atención de mi salud cuando ella se ve afectada.
La droguería o
farmacia se ha apropiado de una responsabilidad que idealmente no debería tener:
el suministro de alivio para dolencias comunes sin la necesidad de atravesar
todas las situaciones que la ida a un hospital o a un puesto de salud acarrea.
La droguería o farmacia ha sido ese primer frente que recibe las dolencias del
ciudadano promedio como consecuencia de la indolencia de un sistema de salud que
hoy en día no puede responder efectivamente a las situaciones que enfrenta. Las
campañas de promoción y prevención impulsadas por las IPS y las EPS son importantes,
todo lo relacionado con la salud sexual, reproductiva, ocupacional y mental verdaderamente
recibe algo de atención por parte de estas entidades. No obstante, en momentos
en los que el tipo de atención no basta con que sea promotora o preventiva,
sino paliativa, la mayoría de los protocolos fallan. Frente a una dolencia que
afecta el bienestar de la persona a tal punto de incapacitarlo para realizar
sus actividades cotidianas, pero que al mismo tiempo no es catalogada como una
urgencia o una emergencia, puesto que esta afectación no pone en riesgo la vida
de la persona, hay un vacío asistencial el cual ha sido suplido por las farmacias
y droguerías de barrio.
Cuando una
persona ha sufrido una afectación muscular, una infección, un dolor o
cualquiera similar muy seguramente se verá más tentado a recurrir a los remedios
paliativos que le pueda suministrar la persona de la droguería que pasar por la
cantidad de pasos requeridos para recibir atención por parte de un profesional
en salud a través de una IPS o EPS. La automedicación y la formulación de medicamentos
sin los conocimientos necesarios es peligrosa. Esto está claro. Pero frente a
situaciones como la vivida por mí o las de otros casos, como la de un familiar
a quien un médico, realizando un tratamiento y seguimiento por hipotiroidismo,
recetó la toma de hormona tiroidea en presentación de 125 mg durante un período
de tiempo tan largo que resultó en la desaparición casi completa de la glándula
de tiroides en la persona. Luego de la ingesta persistente de esta droga y
luego de un cambio de médico, la persona se enteró que, a causa de la mala
medicación de las tabletas, su glándula tiroidea era solamente visible a través
de microscopio, debido a la supresión causada por la fórmula tan alta
suministrada por el médico anterior.
Así las cosas y
frente a estas situaciones: demoras excesivas en la atención de dolencias que
normalmente ameritan tratamientos paliativos, complejidades burocráticas como
la confusión de documentación, errores en los registros, información
incompleta, protocolos largos, riesgos en vista de profesionales mal informados
y preparados, ¿puede culparse a una persona que recurre a la automedicación o a
la formulación de medicamentos por parte de los regentes de farmacia o personas
que atienden las droguerías? En vista de la necesidad de responder a sus
obligaciones cotidianas, puesto que en el trabajo un día de ausencia debe ser
justificado a través de una excusa médica, pero acceder a ella es una azar que
depende del criterio mismo del médico y de la posibilidad o no de acceder a los
servicios de urgencias o de cita prioritaria, ¿no es normal y verdaderamente
justificable que la persona en medio de esta situación decida tomar la salida
más rápida y, de acuerdo con sus propias experiencias históricas, más efectiva,
incluso sabiendo los riesgos posibles a los que se expone?
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